"desea el hombre una cosa, le parece un mundo,
luego que lo consigue, tan sólo es humo"

sábado, 17 de julio de 2010

Perdona, ¿el lavabo?

Una pregunta inocente, ¿verdad? Pues sí, eso es lo que yo creo. Porque, en última instancia, aquello que vas a hacer en un lavabo, lo que normalmente se hace en un wáter, es algo simple, obligado muchas veces, necesario y hasta médica y moralmente prescriptible las más. Que no digo yo que no tenga su utilidad para otros menesteres propios de la clandestinidad y la intimidad del mingitorio. Aunque, en esos otros casos -en esas extraordinarias, raras y fantásticas ocasiones-, dependerá muy mucho de la amplitud, ventilación, higiene y comodidad del mismo. Y diría más, hasta del estado de ánimo, del anonimato del local, del barrio, de la ciudad y del país dependerá. Incluso de la compañía. Pero vaya, estábamos en otra historia. Porque fíjense ustedes en la situación que sigue.
Jueves a eso de las tres y media de la tarde. Acabo de comer y me dirijo otra vez a trabajar un poco. Me decido a tomar un café con hielo, propio de ese caluroso día. Y me quedo con un bonito local, con terraza pero también con una barra estupenda que me permite observar la decoración interior del lugar. Ahí me quedo, en la esquinita, junto a la puerta y la máquina del café. Me pido lo que ya dije. Una brizna de azúcar, no mucho que le quita el sabor; un par de hielos, no más, que se agua. Me lío un cigarro y consumo unos dos tercios. Y ahí, en ese preciso instante, después de buscar con la mirada al tipo que limpia vasos, recoge copas, hace cafés y hasta discute con un cliente que, con dos cuentas en la mano, le dice no sé qué, me lanzo. La cuestión, lo pillo, se cruzan nuestras miradas y ésta es la mía: "perdona, ¿el lavabo?". "Arriba, por allí", me dice señalando una sala que se abre a mis espaldas y que acoge a unos cuantos guiris y modernos, a unos cuantos guiris que también son modernos y a unos modernos que quieren parecer guiris. Claro; ahí, los que me conocéis un pelín -sí, ya sé que ésto es un poco complicado pero vaya, qué le vamos a hacer, eso es harina de otro costal- ya sabéis de qué canción me acuerdo. Y entonando la melodía me dirijo a mi objetivo y os diré que con cierta parsimonia porque en ese momento la necesidad no es apremiante, es simplemente rutinaria. Venga va, me digo, voy ahora y luego ya me pongo directamente a lo mío. Pues en esas estamos. Cruzo la sala, me fijo en los platos que pueblan las mesas y en las expresiones que se dibujan sobre los rostros de los comensales. Una cosa os digo: la comida tiene muy buena pinta; pero no he visto por ningún lado una carta con precios. Pues nada, encuentro las escaleritas y ahí que me dispongo a subirlas. Ya estoy arriba: se abre una pequeña estancia y aquí estalla el problema, la absurdidad de la modernidad. ¡Pues no que a la izquierda se ven dos puertas! Dos puertas y, entre ellas, la pica para lavarse las manos. ¡Claro, los lavabos! Venga, vamos allá y ahí la mente, el cerebro, yo qué sé qué es lo que se activa, pero las ganas de mear apretan. Joer, ¿pero cuál es la puerta? Atención: en una hay dibujada una percha o algo que se le parece a una percha. Y en la otra una especie de silueta que recuerda a una persona sentada en un escritorio. ¿Pero esto qué es? Ahí la cantinela de antes ya se me había ido. Miro al frente y observo una pequeña ventanita que se asoma al local y, más allá, a la terraza y veo a los que antes consumían conmigo, que no me miran pero que seguro que ya han iniciado sus apuestas, "quince a uno porque elegirá la percha". Otros quizá rezan a dioses extravagantes, otros encomiendan mi suerte a su elección, otros deciden asociar mi opción a su valentía. Se dicen, "va, si el tío acierta, si se atreve, si no se mea en la pica, le envío ese mensajito". O, "que sí, que tú puedes, que hoy la dejo, que no puedo más, que esto no es amor, es una obsesión". Y dale con otra canción. Joder, joder, que me meo. Pues nada, si será lo mismo, ¿no? Porque a ver una cosa, yo soy un tipo limpio. Yo me considero de aquellos que pueden entrar, indistintamente, a aquellos lavabos que pintan una mujer o un hombre. Por eso, porque soy limpito, discretito, no hago mucho ruido, utilizo el papel, levanto la tapita que hay sobre la primera, y ésta también, claro. Pero elijo yo, no una percha o un secretario, no me obliga mi aparato excretor. En esas que me lanzo a la percha. Cerrado. Ay, ay, esto pinta mal. Venga, al secretario. ¡¡¡Cerrado!!! Pero, qué pasa, que está todo el local metido en los baños o qué. Qué pasa, que se han mezclado, se han juntado, revuelto y mezclado para entrar en los lavabos. Porque digo yo que no habrán acertado así como así. Igualmente, ya me dirás tú cómo sabes que has acertado. Porque habrá tazas en los dos, ¿no? Bueno, si hay meadero vertical no hay duda. ¿O sí? Porque aquí está la cosa. Y ya está liada, aquí ya la hemos cagado. No, no, que no es que me lo haya echo encima. Pero si ya dije que iba a mear. No, claro, ha pasado mucho tiempo. Pues no, no te creas, todo esto pasó en nada, en apenas un minuto. Pero, eso, a lo que iba. Ahí ya me pongo a darle vueltas a la cabeza, a las normatividades, a los roles, a los compartimentos estancos, a lo que cada cual sabe que tiene que hacer, a lo que debe decir, lo que no tiene que discutir, al lavabo que tiene que elegir. Pero claro, los modernos no ponen cartelitos claros, rotundos, irrefutables. Se divierten, juegan con tipos como yo, los que sonríen cuando no entienden o disimulan o, peor aún, se hacen como que sí. Pues nada, a estas que me giro, pensando ya en cómo iba a contar todo esto, que tengo que encontrar alguna publicación sobre el tema, encontrar un colectivo donde debatir estas cuestiones, una terapia de grupo, yo qué sé. Que si habrá de declarar el rh, la opción sexual, las perversiones políticas y hasta el lugar por donde meas para hacer lo propio. Y, nada, que cuando me giro me encuentro, luminoso, diáfano, hasta bonito, un lavabo, una taza con su papelico y todo, su puerta, su luz. Y no será todo más fácil, entonces. Y a estas que cuando ya me repongo en mi taburete, extasiado por el placer del chorro de orín que pude evacuar, levanto mi vista y veo a uno de esos modernos-guiris, guiris-modernos que ha caído en la misma trampa, que aporrea la percha y el secretario quizá presuroso por otra necesidad más contundente. 300 a 1 a que se caga en Dios, en la heteronormatividad, en el patriarcado, en el capitalismo, en los nacionalismos, en la Barcelona "on tot hi cap però no tot s'hi val".

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