"desea el hombre una cosa, le parece un mundo,
luego que lo consigue, tan sólo es humo"

lunes, 19 de julio de 2010

Memoria insumisa

Hoy me acuerdo, como lo hice ayer. No recuerdo cuándo empecé a hacerlo, pero lo hice, en algún momento de mi vida empecé a hacerlo. Algo, alguien me empujó a ello. El vivir en casa, en mi familia, en mi entorno, el asumir formas de hacer y de pensar que me venían dadas pero que pensaba que eran mías. No, no lo eran, me las dieron y hoy lo agradezco. Y las sigo teniendo, las atesoro, las enriquezco, las sigo compartiendo. Quizá son formas de hacer primarias, puede que sea un pensar también simple, algunas fotos desenfocadas, recuerdos aplastados por el miedo, por identidades construidas en el silencio, por sonrisas hechas de luchas, algunas cotidianas y sordas, otras públicas y callejeras. Son historias de emigración las que escuché. Luego lo he sabido. Son historias de muerte las que rondaban en mi casa. Después lo entendí. También, más tarde, me hice una idea de lo que podía ser el hambre y la miseria, el escuchar que, cuando recibían una naranja como regalo de Navidad, eran las mujeres más felices de la Tierra. O que cuando esas otras empezaron a trabajar ya se encontraron con los fusiles de aquellos que tenían de plomo las calaveras. Pero delante, frente a ellos, los brazos caídos de viejas obreras textiles que cerraban sus puños en silencio porque todavía no los podían levantar. También me contaron historias de viajes por pueblos buscando trabajo, buscando el pan para una familia de ocho hijos. O como las monjitas venían en camiones y se llevaban parte de la cosecha de uva o aceituna a cambio de unas estampitas que todavía rezumaban sangre. Y, más aún, como un miliciano catalán se fue a luchar al frente de Aragón y allí conoció a una mujer que acabaría en otras tierras y ya, mucho más tarde, cuando se sintió vencida, muerta de miedo y de cansancio, harta de tantas vejaciones, mascullaba entre dientes algo que no quiero reproducir aquí. Y se tuvieron que ir a otro lugar; eso también lo supe más tarde. Y de ahí salieron luchadores, soñadores que todavía hoy lo hacen aunque sea sólo para sí mismos. Que me dicen no te metas, ten cuidao, vigila... Pero que sonríen cuando les cuento otras historias, más pequeñas, quizá no tan cotidianas pero que también sienten suyas. Que maldicen las injusticias, que se cagan en políticos de todo pelaje, que siguen votando con el corazón, que, pese a las decepciones, siguen sintiendo rabia y la sangre les hierve por todo el cuerpo. Y esa memoria la he hecho mía, la he incorporado a mi columna vertebral. Aunque no sea mía, aunque sólo sea de todos la he hecho mía.

sábado, 17 de julio de 2010

Perdona, ¿el lavabo?

Una pregunta inocente, ¿verdad? Pues sí, eso es lo que yo creo. Porque, en última instancia, aquello que vas a hacer en un lavabo, lo que normalmente se hace en un wáter, es algo simple, obligado muchas veces, necesario y hasta médica y moralmente prescriptible las más. Que no digo yo que no tenga su utilidad para otros menesteres propios de la clandestinidad y la intimidad del mingitorio. Aunque, en esos otros casos -en esas extraordinarias, raras y fantásticas ocasiones-, dependerá muy mucho de la amplitud, ventilación, higiene y comodidad del mismo. Y diría más, hasta del estado de ánimo, del anonimato del local, del barrio, de la ciudad y del país dependerá. Incluso de la compañía. Pero vaya, estábamos en otra historia. Porque fíjense ustedes en la situación que sigue.
Jueves a eso de las tres y media de la tarde. Acabo de comer y me dirijo otra vez a trabajar un poco. Me decido a tomar un café con hielo, propio de ese caluroso día. Y me quedo con un bonito local, con terraza pero también con una barra estupenda que me permite observar la decoración interior del lugar. Ahí me quedo, en la esquinita, junto a la puerta y la máquina del café. Me pido lo que ya dije. Una brizna de azúcar, no mucho que le quita el sabor; un par de hielos, no más, que se agua. Me lío un cigarro y consumo unos dos tercios. Y ahí, en ese preciso instante, después de buscar con la mirada al tipo que limpia vasos, recoge copas, hace cafés y hasta discute con un cliente que, con dos cuentas en la mano, le dice no sé qué, me lanzo. La cuestión, lo pillo, se cruzan nuestras miradas y ésta es la mía: "perdona, ¿el lavabo?". "Arriba, por allí", me dice señalando una sala que se abre a mis espaldas y que acoge a unos cuantos guiris y modernos, a unos cuantos guiris que también son modernos y a unos modernos que quieren parecer guiris. Claro; ahí, los que me conocéis un pelín -sí, ya sé que ésto es un poco complicado pero vaya, qué le vamos a hacer, eso es harina de otro costal- ya sabéis de qué canción me acuerdo. Y entonando la melodía me dirijo a mi objetivo y os diré que con cierta parsimonia porque en ese momento la necesidad no es apremiante, es simplemente rutinaria. Venga va, me digo, voy ahora y luego ya me pongo directamente a lo mío. Pues en esas estamos. Cruzo la sala, me fijo en los platos que pueblan las mesas y en las expresiones que se dibujan sobre los rostros de los comensales. Una cosa os digo: la comida tiene muy buena pinta; pero no he visto por ningún lado una carta con precios. Pues nada, encuentro las escaleritas y ahí que me dispongo a subirlas. Ya estoy arriba: se abre una pequeña estancia y aquí estalla el problema, la absurdidad de la modernidad. ¡Pues no que a la izquierda se ven dos puertas! Dos puertas y, entre ellas, la pica para lavarse las manos. ¡Claro, los lavabos! Venga, vamos allá y ahí la mente, el cerebro, yo qué sé qué es lo que se activa, pero las ganas de mear apretan. Joer, ¿pero cuál es la puerta? Atención: en una hay dibujada una percha o algo que se le parece a una percha. Y en la otra una especie de silueta que recuerda a una persona sentada en un escritorio. ¿Pero esto qué es? Ahí la cantinela de antes ya se me había ido. Miro al frente y observo una pequeña ventanita que se asoma al local y, más allá, a la terraza y veo a los que antes consumían conmigo, que no me miran pero que seguro que ya han iniciado sus apuestas, "quince a uno porque elegirá la percha". Otros quizá rezan a dioses extravagantes, otros encomiendan mi suerte a su elección, otros deciden asociar mi opción a su valentía. Se dicen, "va, si el tío acierta, si se atreve, si no se mea en la pica, le envío ese mensajito". O, "que sí, que tú puedes, que hoy la dejo, que no puedo más, que esto no es amor, es una obsesión". Y dale con otra canción. Joder, joder, que me meo. Pues nada, si será lo mismo, ¿no? Porque a ver una cosa, yo soy un tipo limpio. Yo me considero de aquellos que pueden entrar, indistintamente, a aquellos lavabos que pintan una mujer o un hombre. Por eso, porque soy limpito, discretito, no hago mucho ruido, utilizo el papel, levanto la tapita que hay sobre la primera, y ésta también, claro. Pero elijo yo, no una percha o un secretario, no me obliga mi aparato excretor. En esas que me lanzo a la percha. Cerrado. Ay, ay, esto pinta mal. Venga, al secretario. ¡¡¡Cerrado!!! Pero, qué pasa, que está todo el local metido en los baños o qué. Qué pasa, que se han mezclado, se han juntado, revuelto y mezclado para entrar en los lavabos. Porque digo yo que no habrán acertado así como así. Igualmente, ya me dirás tú cómo sabes que has acertado. Porque habrá tazas en los dos, ¿no? Bueno, si hay meadero vertical no hay duda. ¿O sí? Porque aquí está la cosa. Y ya está liada, aquí ya la hemos cagado. No, no, que no es que me lo haya echo encima. Pero si ya dije que iba a mear. No, claro, ha pasado mucho tiempo. Pues no, no te creas, todo esto pasó en nada, en apenas un minuto. Pero, eso, a lo que iba. Ahí ya me pongo a darle vueltas a la cabeza, a las normatividades, a los roles, a los compartimentos estancos, a lo que cada cual sabe que tiene que hacer, a lo que debe decir, lo que no tiene que discutir, al lavabo que tiene que elegir. Pero claro, los modernos no ponen cartelitos claros, rotundos, irrefutables. Se divierten, juegan con tipos como yo, los que sonríen cuando no entienden o disimulan o, peor aún, se hacen como que sí. Pues nada, a estas que me giro, pensando ya en cómo iba a contar todo esto, que tengo que encontrar alguna publicación sobre el tema, encontrar un colectivo donde debatir estas cuestiones, una terapia de grupo, yo qué sé. Que si habrá de declarar el rh, la opción sexual, las perversiones políticas y hasta el lugar por donde meas para hacer lo propio. Y, nada, que cuando me giro me encuentro, luminoso, diáfano, hasta bonito, un lavabo, una taza con su papelico y todo, su puerta, su luz. Y no será todo más fácil, entonces. Y a estas que cuando ya me repongo en mi taburete, extasiado por el placer del chorro de orín que pude evacuar, levanto mi vista y veo a uno de esos modernos-guiris, guiris-modernos que ha caído en la misma trampa, que aporrea la percha y el secretario quizá presuroso por otra necesidad más contundente. 300 a 1 a que se caga en Dios, en la heteronormatividad, en el patriarcado, en el capitalismo, en los nacionalismos, en la Barcelona "on tot hi cap però no tot s'hi val".

No te metas en quereles porque se pasan muchas fatigas

Eso mismo pienso yo. Pues eso, porque sí, porque es muy complicado, porque se hace difícil. Te pones raro, hueles diferente, tu cara adquiere otras facciones, proyectas, piensas en viajes, en tu vida, en la de otros, en cómo será esto o aquello. Comparas, ¡ay cuando comparas! Piensas, sientes, ríes, miras y vuelves a pensar. Te cuentas cosas y las compartes, a cada uno una historia diferente. Una especie de extraño mecanismo de autoconvencimiento, diría también de empoderamiento. ¡Ay, escuchas unas palabras también que pa qué! Como queriendo saber cuál de esos relatos es el de verdad, el que más se ajusta a la realidad, el que te define, el que describe ese preciso instante que alumbra los sujetos, los verbos y los predicados. Y los complementos, porque será que no hay complementos, añadidos y condicionantes: los de tiempo, los de lugar, los de modo, los directos y los indirectos; ¿me dejo alguno? Y que no, que a vueltas con la cantinela, el déjate llevar, el venga va, prueba y luego, ya si eso, pues vemos qué, cuándo, cómo, dónde, con quién... Y te analizas, y te piensas, y rememoras situaciones, las más cercanas, las que todavía rezuman de la piel, pero también otras, las que sangran del pecho, las que se adhirieron a golpe de experiencia, de vida y de años. Cada una con un nombre, con un espacio y un tiempo diferentes. Y todas las llevas encima porque quizá no supiste depositarlas, dejar que se asentaran tranquila y mansamente y ya vuelves a tirar nueva arena sobre un mar bravo pero que sigue estancado, que hierve en su quietud, que se remueve y levanta objetos escondidos que pesaban tanto que no se elevaban a la superficie. Pero ya brillan otros cristales, otras piedras, minerales de otros colores y sabores. Y ya todo quiere dar igual y ya todo no quiere importar demasiado y ya todo quiere otra vez, ¿te acuerdas de la anterior?, ¿te importa esa última ocasión?, otra vez, de nuevo, venga va...
Pero luego viene cuando politizas: que si autonomía, que si será libre y abierta, que si hablamos de compañeros, que yo no quiero relaciones de poder, ritmos desiguales, responsabilidades dispares, que si honestidad, que si no hace falta nada de eso. Que sí, que ya se verá. Y, quizá partiendo del privilegio de la libertad o del hastío de la soledad, descubres a otros que tienen relaciones de mierda, normativas, injustas, insulsas, movidas por la inercia y por lo que debe ser, por los roles que ya están marcados de antemano, por la presión social, por la necesidad de autorreconocimiento en otros. Y que, claro, cómo podría ser de otra manera, tú también tuviste. Descubres la complejidad de las relaciones humanas, planteas análisis fáciles, contundentes, obvios, aquello que no te pasará a ti porque, desde la barrera, lo ves tan y tan claro, como no lo viste en su momento cuando estabas con arena hasta los ojos.

Si som nosaltres

El maig de 1975 un informe policial relatava com prop de 800 persones es manifestaven a Badalona contra la construcció d’un port esportiu entonant uns versos que resseguien la melodia del popular “no serem moguts”:

“No, no, no lo construirán / ni con la fuerza de la represión / no lo construirán / El puerto es para los ricos / Lo pagará el obrero / Queremos más escuelas / Queremos más hospitales / Queremos más zonas verdes / No más atropellos”.

Un any abans, la revista veïnal Can Oriach expressava la voluntat popular sabadellenca amb una explícita sentència: “no sólo una ciudad para trabajar, sino también una ciudad para vivir”.

El Pla Popular de la Verneda Alta, presentat el 1978 com una veritable contraproposta als projectes urbanístics d’un franquisme agonitzant, també era rotund en manifestar la necessitat que “plantejar una política oposada, en funció dels nostres interessos, oposats als seus, és l’única manera de satisfer-los”.

De la mateixa manera que el 1976 altres veïns i veïnes assumien que havien de lluitar “per fer un Guinardó digne, aturant la degradació, salvant-lo de la destrucció capitalista”.

Perquè el que també sabien els veïns dels Nou Barris aquest mateix any era que:

“la especulación dio dinero a las inmobiliarias capitalistas y nos lo quitó a los trabajadores; (…) robó del barrio solares destinados a zona verde, todo ello con la colaboración del Ayuntamiento.”

Però, en última instància, què era allò que sabien els veïns i veïnes organitzats? Què assumien amb totes les seves conseqüències aquells que prengueren els carrers i les places els últims anys de la dictadura, aquells que n’impediren la seva continuïtat, aquells que somiaren amb una altra ciutat, amb uns altres barris, amb una altra societat?

El cartell d’un acte veïnal celebrat el 1975 a Girona ens ofereix una pista: “ni tú ni yo somos nadie si tú y yo no somos nosotros”.

Però un altre lema em ve al cap quan penso la ciutat que m’ha tocat viure, no aquella que volgueren transformar aquests homes i dones que sabien perfectament qui eren i que volien sinó aquella altra que es presenta orgullosa i moderna com la “millor botiga del món”. La mateixa que es permet exportar un model propi d’urbanisme, una marca registrada que ens contempla com a simples consumidors de fòrums culturals, espectadors d’esports olímpics d’hivern, clients d’un hotel a primera línia de costa, veïns cívics, uniformitzats, multats, colpejats, desallotjats. Aquesta, la mateixa que ara, precisament ara que es puja al tren de l’alta velocitat, se n’adona de l’existència d’un petit barri anomenat el Bon Pastor que ha donat nom a una nova parada de metro. Potser dependrà de nosaltres, de que nosaltres siguem nosaltres i no d’una suma d’un tu i d’un jo que començarà a pensar en una parada de metro que va donar nom a un barri.

domingo, 11 de julio de 2010

Para Xavi

Xavi, lo que tú piensas también lo he pensado yo. Quizá entonces la diferencia, si queremos buscarla, está en otro lugar, quizá el verbo sería otro, quizá entonces lo complicaríamos más intentando hacerlo más inteligible. Quizá entonces debería decir(te) que lo que ocurre es que no lo siento, que no lo siento así, que no lo siento mío, que no lo puedo hacer mío porque no me siento partícipe. O quizá todo es miedo o cobardía. Puede ser que no quiera enfrentarme a estas cuestiones de una forma honesta y decidida, así como intento hacer con todo aquello que me rodea. Quizá en este punto me he dejado vencer antes de emprender una batalla que es, en primer lugar, personal, emocional, íntima, mía. Quizá es que soy cómplice. Entonces, ¿debería elegir? Entre qué, para qué. Quizá, entonces, es que me siento bien -ahora sí- instalado en la esquizofrenia, en la no adscripción, en la oposición, en la contradicción, en la duda: en el anti-todo pero haciendo nada. ¿Pero es que debo hacer algo al respecto? Porque, efectivamente, como tú dices, no estamos frente a un mundo que se acaba: son otros los mundos que se acaban, precisamente los que estuvimos a punto de tocar, los que hemos soñado, por los que tantos y tantas lucharon, rieron, festejaron, cantaron, sangraron, cayeron. No, Xavi, es otra la derrota cultural que estamos sufriendo -y claro, lo sabes bien porque, en parte, lo he aprendido de ti-, son otros los campos de batalla. No creo que éstos necesiten de senyeres o de rojigualdas, reconociéndote, por otra parte, que estoy seguro que me encontraría de lado y no de frente las primeras, en otras manos y no en las mías las segundas. En esa batalla sí me encontrarás, ojalá pueda librarla con gente como tú. Ayer no podía, no quería. Pero ay, fíjate, escúchame ahora que te quiero hablar bajito y con complicidad: clandestinamente seguía esa manifestación televisiva, televisada. Clandestinamente se me abrieron los ojos al ver a mucha gente que seguro estarían a mi lado en otras ocasiones, clandestinamente me alegraba al ver a aquellos que no querían ceder el protagonismo a los mediáticos. Pero no, Xavi, no me eché en falta ayer en la manifestación, como tampoco me voy a echar en falta hoy en unas hipotéticas celebraciones que nada tendrán de futboleras (¿o sí?) y mucho tendrán de politiqueras y alas darán a los fascistas, a los españolistas, a esos mismos que, de otro ropaje y otra guisa, con otro acento pero quizá con unas mismas referencias culturales que algunos de los que ayer asistían a la mani.
No sé Xavi, no lo sé. Quizá todavía no estoy vencido, quizá es maravilloso que siga contradictorio, encontrado, dudoso, miedoso, alegre y combativo como tanto me gusta decir y decirme. Y nos veremos en Mallorca y reiremos y discutiremos y volveremos a estar en un sitio que es tan cercano que por eso, a veces, necesitamos alejar los ojos para poder enfocar la vista. Un abrazo,
Ivan

sábado, 10 de julio de 2010

Yo no soy de esta tierra ni conozco a nadie

Comienza una siguiriya con estas palabras: "yo no soy de esta tierra ni conozco a nadie". Y así me siento un poco, así me defino hoy, ayer, quizá mañana, eso escuchaba ayer de la voz del gran Enrique Morente y del rasgueo de otro grande como Sabicas. Precisamente en el mismo momento que comenzaba a andar una inmensa riada humana que nutrió la gran manifestación que ayer tarde recorrió el centro de Barcelona. Honestamente me digo que no, que ésta no es mi manifestación, que nunca sentiría como mía una movilización colectiva que -en el estado actual de cosas, ni una coma fue movida del guión, no lo olvidemos- fuera teledirigida por grandes medios de comunicación, anunciada, inspirada, retransmitida en directo por la televisión pública, defendida, sostenida, vanagloriada por El Periódico o l'Avui, encabezada por, entre otros, aquellos que han marcado la agenda política de los últimos años, los que nos han impuesto esta democracia de baja intensidad, los que desactivaron los movimientos sociales transformadores, los discursos emancipadores, los proyectos de vida diferentes, por los que nos siguen desalojando centros sociales, por los que dirigen a los que nos golpean en las calles, los que detienen, concentran y deportan a inmigrantes, por los que nos han impuesto la factura de ésta y de las futuras crisis que nos vengan, por los que nos convocan a una huelga general en la que no creen, los que especulan con nuestras vidas, los que convierten nuestras ciudades en grandes escaparates uniformados y uniformizados, los del Hotel Vela, los del Palau de la Música, los de los Juegos Olímpicos de Invierno, los que hablan de privatizar la educación, el copago sanitario, los que imponen recortes sociales, los que quieren ser ministros, los homófobos, los integristas católicos, los que nos niegan la memoria, los que la legislan... Y claro, habían muchos otros, estaban muchos más, gente a la que quiero, a la que respeto, a los que considero compañeros de viaje, con los que puedo compartir sueños, proyectos, ideas, lado de trinchera, con los que he gritado, con los que me he indignado y he llorado. Pero no, amigos, compañeros, amantes, esta no es mi manifestación: os digo, me digo, con muchas contradicciones, preso de la esquizofrenia y los sentimientos enfrentados "yo no soy de esta tierra ni conozco a nadie". El nivel de hartazgo es alto, no puedo más, basta ya de banderas, de trapos, de mercadear conceptos e ideas: basta de rojas, azules, basta de Mundial de fútbol, basta de fascistas, de esencias, de dignidades nacionales, de tribunales caducados. Tampoc sóc d'eixe món.

domingo, 4 de julio de 2010

La Roja o la Azul

Sudáfrica, año 2010. Se está celebrando el Mundial de Fútbol. Se habla de las vuvuzelas, de las novias de los porteros, de un sueño cercano, de romper maleficios, gafes, injusticias, de un pueblo alzado, de una nación en movimiento, de una piña, de normalidad patria. ¿Pero es éste un país normal?, ¿es un país, una nación, un estado, un mojón? ¿Qué se supone que es el fútbol?, ¿expresión cultural, deporte sin más, burda excusa para lo que cada cual quiera, divertimento, frustración, emocionalidad clandestina, sentimientos encontrados, desafuero nacional, exabrupto made in Spain? Porque digo yo que no es normal que cuando oiga eso de la roja me venga a la mente que, teniendo en cuenta la bandera rojigualda que veo que luce en las gradas, en algunos balcones, en algunas camisetas, en el inicio de los partidos, en realidad, no sé si sería mejor hablar de la Azul, porque azul había sido el color de esta selección, porque azules, fríos, húmedos, oscuros, monocromos, violentos, brutales fueron cada uno de los más de 40 años de dictadura fascista, de los casi 500 meses de régimen fascista, de los casi 14.500 días de dictadura de clase. Porque de esos lodos vienen estos barros, porque fue un pueblo alzado, una nación en movimiento, una patria la que se levantó en aquel verano del 36 la que en noviembre de 1937 organizaba uno de los primeros partidos internacionales de la Nueva España contra, claro está, otra Nueva Nación en movimiento de esa Nueva Europa que articulaba un Nuevo Orden Mundial que se cagó en la madre que parió a un negro que corría como Dios y que se llamaba Jesse Owens, el mismo tipo que, cuando volvió a su amado país de la libertad, no dejó de ser otro negro de mierda con unas cuantas medallas de oro que relucían frente a las roñosas cadenas de los otros negros que poblaban aquella, también, Gran Nación. Pero hablaba de deporte, perdón, digo de fútbol. Contra Portugal se enfrentó España -media, un tercio, un trozo, ¿la que de verdad es?-, contra la de Oliveira Salazar, contra la dictadura hermana, hermana mayor, por eso, que ya llevaban los portugueses un tiempito en estas cosas. Y de rebote los angoleños, los de Cabo Verde, los de Guinea… ¿Porque digo yo que aquí también se hablaba de África, no?

Ahí perdió España, ¿la de quién?

Ahí ganó Portugal, ¿de quién era?

Y el otro día, a vueltas con lo mismo, ¿o es que no tiene nada que ver? España contra Portugal.

Ah, pero es que no iban de azul, iban de rojo. ¡Ay, historiador, historiador! ¡Que ya ha llovido mucho!

¿Y el himno? ¿Y contra Chile y, ayer, contra Paraguay, no iban de azul?

Pero son colores sin más.

Claro, como los de la bandera, que tiene sólo dos y no lleva tres. Y los colores y los trapos y las expresiones colectivas reflejadas en colores no son nada, ¿o sí?

Y todo esto, se preguntarán, a qué viene. Pero vaya, me da un poco lo mismo que se lo pregunten, porque soy yo quien me lo pregunto, aunque no sé si somos muchos que nos cuestionamos estas cosas y tengo curiosidad, la verdad. Porque pienso que quizá no es del todo normal que no quiera ver un partido de la selección en un bar, porque no me voy a sentir bien festejando un gol de Villa –que los marca todos el tío– al lado de unos tipos que sí, que llevarán una camiseta roja pero, en el lado del corazón tendrán un escudo Regio y llevarán capas, pareos, mantas de perro, camisolas, calcetines, marcapasos, cintas para el pelo, peinetas y demás merchandising con sólo dos colores. Que no digo yo que así en abstracto sean colores feos pero que juntos a mí, que quieren que les diga, pues me dan grimilla y repelús. Y digo yo que tampoco es normal que yo proclame a los cuatro vientos que no, que España –¿mande?– no debe ganar este mundial porque políticamente es una putada con la de mierda que nos está cayendo y nos estamos comiendo sin echarle ni sal, ni aceite ni mojarla al menos con un poquito de pan. Pero es que no juegan mal, aunque también piense que en la fase previa jugaron mejor y que en Sudáfrica todavía les falta un hervor. Y que bueno, que si eso, que sea el próximo partido el que pierdan y no el que en seguida voy a ver. Joder, pero es que se acaba el Mundial y con él los partidos. Y estos tipos se han metido ya en semis y Camacho sigue inflamado y ya lo tendrán que atar a la cabina de reporteros para que no siga ascendiendo como un globo de estos que sube al cielo y acaba tapándonos el sol y el juicio. Y, ostias, cuando marcan, pues grito eso de GOOOOOOOOL! Y cuando no pitan un penalti me cabreo con el árbitro y me cago en Del Bosque porque sigue alineando de primeras a Torres y le pido que saque a Navas en la segunda parte y…

Y qué hago, ¿cuelgo la tricolor cuando –si es que pasa– la Azul gane el Mundial?

Y lo que más me inquieta: ¿si la oficial fuese la tricolor y el símbolo patrio una señora agarrando el pelo a un león y mostrando uno de los pechos, colgaría algún trapo?, ¿estaría escribiendo estas chorradas?

Pues nada, lo acabo de decidir. Me dedico al Tour y luego, ya si eso, pues pondré la tele el 7 de julio a eso de las 8 y poco para ver qué echan en Telecinco.

sábado, 3 de julio de 2010

Historia del burka y la policía autónoma [autonómica] vasca

Era un día caluroso, de verano recién llegado, de solar violencia y repentina sensación de ahogo, de humedad mezclada con los gases contaminantes de una ciudad-escaparate. En un parque anónimo, cementeado, con los alcorques -que todo el mundo sabe que también son "chanclos de suela de corcho"- de los árboles repletos de mierda o de cemento o de corcho o de qué se yo qué cosas inventan nuestras autoridades municipales a través de empresas subcontratadas que subcontratan ETT's que subcontratan trabajadores para que se caguen en todos los muertos de los inmigrantes que no han perecido en el estrecho; bueno, allí mismo, en un banco se encuentran dos viejos amigos y se produce la conversación que sigue:
- Oye, ¿has visto que la ertzaintza lleva burka?
- ¿Cómo que lleva burka?
- Sí, sí, el otro día me lo dijo un colega y esta misma mañana lo hablé con mi madre. Que sí, hombre, que llevan burka, que se tapan.
- Pero qué me dices, qué me estás contando?
- Sí, sí, lo que yo te diga. Se tapan la cara y sólo se les ve los ojos.
- Joder, pues claro.
- Pues eso.
- Pero hombre, es para que no los identifiquen.
- Pues eso, que llevan burka y no se les distinguen las facciones.
- ¿Como las mujeres musulmanas?
- Como las mujeres musulmanas.
- Pero no es lo mismo.
- ¿Cómo que no es lo mismo?
- Pues no, porque éstos lo hacen para defender su integridad personal.
- Claro, como las mujeres musulmanas.
- ¿Como las mujeres musulmanas?
- Claro, como las mujeres musulmanas. Para defender su integridad personal del machismo imperante de sus sociedades de origen y de las sociedades receptoras. Pa que no las mate el marido, vamos. Pa que no las golpeen, las vejen, las insulten...
- ¿Como a los ertzaintzas?
- ¿Como a los ertzaintzas?
- Pues sí.
- Pues no.
- ¿Por qué?
- Pues porque estos llevan pistolas, placas, esposas, porras, Estado, Comunidad Autónoma, Consejería de Interior, impunidad, respeto, apoyo social, sindicatos, prensa...
- Pues eso, si al final tenía razón. Entonces no es lo mismo.
- Pues es verdad, no es lo mismo.

[Pd. Antes de producirse esta insólita reunión, esta normal conversación, antes incluso de que hiciera calor y de que apareciera en el Universo el mismo sol ambos colegas condenaron, preceptivamente, el terrorismo, todo tipo de violencia, la sopa de tomate que se hace pasar por gazpacho, las huelgas salvajes y los recortes estatutarios]