"desea el hombre una cosa, le parece un mundo,
luego que lo consigue, tan sólo es humo"

jueves, 26 de agosto de 2010

"Sirla al estado"

"Otro aspecto importante del desarrollo de nuestras iniciativas, sería lo que nosotros llamamos como concepto la 'sirla al estado'. En definitiva, la sirla al estado no es más que nuestra respuesta a lo que se podía llamar por parte de los 'bienpeinaos' la relación con la administración. Nosotros partimos de la necesidad de recuperacíón de los recursos y sobre todo de la capacidad de decisión sobre los mismos. Cuando hablamos de capacidad de decisión no estamos más que poniéndole maquillaje a una cosa que se llama poder o contrapoder. Partimos de la necesidad de recuperación de estos usos y de estas capacidades de decisión, que ahora se atribuye sólo la administración del estado, y también de la gestión de los recursos y de la capacidad de decisión por parte de los mismos ciudadanos, de los propios afectados por la ruptura social (este concepto también es muy fino). Podríamos, en fin, hablar de la explotación y de la opresión de toda la vida, porque estaríamos hablando de lo mismo. Es importante recordar que la sirla al estado no es simplemente apropiarse de los recursos, porque hay gente que en estos momentos se podría confundir con lo que no sería más que una apropiación particular o grupal de los recursos de la administración, cosa que no vamos a criticar pero no tiene nada que ver. Para que esta sirla al estado se pueda realizar, desde nuestra concepción de sirla al estado, tiene que haber un proceso de participación y planificación que lleve a definir cuál es el recurso, la necesidad y la capacidad de decisión necesaria en cada momento por parte de los ciudadanos y las ciudadanas, de la gente afectada por el problema; debe haber un proceso reivindicativo de los recursos, proceso que puede tomar forma reivindicativa de lucha de calle, o que puede tomar forma reivindicativa de lucha administrativa, de lucha cultural, o de lucha social, existen muchas formas en las que toman cuerpo estos procesos reivindicativos, pero en definitiva, tiene que haber un proceso de demanda pública y clara, social y compartida, de la necesidad de administrar por nosotros mismos, por nosotras mismas, estos recursos que en la actualidad o bien son monopolio de la propia administración del estado o, en su versión más moderna y positivista, por las empresas de gestión de servicios". Toni Valero (de la Coordinadora de Kolectivos del Parke), "El Parke, una experiencia comunitaria desde 1985" en Gentes de Baladre, Manolo Sáez y David Muñoz (coords.), Nuestros barrios, nuestras luchas. Experiencias de intervención en barrios periféricos. València / Xàtiva: La Burbuja / Zambra/Baladre, 2008, pp. 61-62

De vecinos y vecinos (III)


Qué, ¿prometía o no prometía? Parece ser que la anterior misiva provocó un envalentonamiento de el/la que escribió esta notita. Por las averiguaciones practicadas nada tiene que ver esta carta con la anterior, aunque nunca se sabe, quizá una conjunción de intereses malévolos y dudosas intenciones en forma de tampones y agua chorreante de lavadoras se han aliado contra los vecinos que habitan los bajos y comparten patio interior con los susodichos/as hacedores de mareas. Seguiremos informando. Desde los barrios premarítimos barceloneses, ojo avizor, cámara en mano, se despide vuestra Debla.

De vecinos y vecinos (II)


Principios de agosto, en el ascensor. Alguna otra copia, también manuscrita, en la entradita, al lado de los buzones, en una columna. Como os podéis imaginar, promete.
Un inciso. ¿Los tampones se tiran por el retrete?

De vecinos y vecinos (I)

Dejadme que os hable de mi casa. Más bien del bloque de pisos donde está ubicado mi hogar. Por lo pronto os diré que es un complejo de pisos con poquita personalidad, no muy bonitos, vamos. Pero vaya, el piso es grande y digo yo que los demás también; deben ser iguales. Tiene unos cuantos pisos, ocho; con cuatro puertas en cada rellano así que somos unos cuantos vecinos. Pero esto no acaba aquí. Mi bloque de pisos está enganchado a otro que es exactamente igual formando una ele y compartiendo, en ese hueco, un gran patio que hasta el verano pasado tenía un par de canastas de baloncesto que sólo podían usar los niños. Y digo niños, porque los que ya empezaban a cambiar la voz y la cara, las que empezaban a usar compresas, tampones y otros utensilios no lo podían utilizar. Cosas de la comunidad. Qué gran palabra! Pero bueno, la cosa es que ahora da igual. Nos hemos pasado un año entero, que se dice pronto pero tiene unos pocos de días, de obras. Otra gran expresión. Unas obras motivadas por las filtraciones de agua al párquing. Pero no os creáis, porque resulta que cuando se inició la discusión entre los vecinos se organizó una fracción, pequeña pero militante, convencida de las bondades y la necesidad de plantar césped en el patio: ¡césped en un patio interior de un bloque del Clot más popular! Telita; teníais que haber visto al grupito este recogiendo firmas para presionar en la asamblea decisoria sobre la reforma en cuestión. Que si no puede ser que los niños jueguen porque resulta que hacen ruido, que no se puede dormir la siesta, que el césped estaría mucho mejor, que no sería tan caro... Telita, pero de la buena. Al final, nada, cordura, sensatez o anda ya, vas a pagar tú la plantación de cuatro hierbas. Pero resulta que ahora, cuando finalizan las obras, sin reposición de canastas, no vaya ser que los niños recuerden que podían jugar ahí abajo. Mejor que se queden en casa con la Play porque se ve que la calle está que pa qué, llena de tipos y tipas con colores de piel raritos, que escuchan música rarita, fuman otras cosas también raritas y, entonces, hacen cosas raritas. Pero luego hablaremos de la música. Ahora estamos de vueltas con las obras. Resulta que el piso este que está pegado está rehabilitando la fachada. Bueno, debe estar colocando balcones con columnas jónico-neogóticas de la Bauhaus de mármol de Carrara porque no veas tú el tiempito que llevan, el polvo que levantan y el ruido que te despierta mañana sí mañana también. Pues nada, a estas que se suman unos fantásticos nuevos vecinos en este bloque. Unos fantásticos vecinos que se pasan gran parte del día y de la noche escuchando música latina a todo trapo. No estoy exagerando. Ahora mismo tengo problemas para escuchar Björk o Mayte Martín, escribir algo inteligible y no dejarme llevar bien por la cumbia, la bachata o la salsa. Porque claro, como son tan populares y conocidas muchas de estas canciones pues pasa ese fenómeno que a mi me vuelve loco: te pones, repentinamente, a seguir el ritmo, a intercalar, así, para adentro, las pocas frases que te sabes, a mover hombros, cadera, culo y pies. Porque claro, como hice un curso de salsa, pues el un, dos, tres sirve para todo y a esto le va de perlas. Pues nada, también un pequeño inciso. Otros inefables días la música es otra: gritos, algún que otro insulto, esas agresiones verbales tan nuestras, tan asumidas, tan normalizadas, tan homófobas, machistas y clasistas. Unos perlacas, vamos. Pero bueno, no todo es ser latin lover en esta comunidad. ¿Les he hablado de otra vecina muy cercana que se dedicaba, cuando el patio era frecuentado por los chavalillos, a vociferar a grito pelado a su niño, para que subiera a comer o a qué se yo? Bueno, aquello era tremendo. Pero es que la tipa despierta TODOS los días laborables/escolares del año al niño de esta manera: berreando como una posesa. Pero vaya, no todo es agresión verbal en esta comunidad. Resulta que tienen un perrito de esos que parece que se vayan a ahogar a cada paso. No ladra, eso no. De hecho, es hasta agradable escuchar el rasgueo de las uñas de sus patitas por todo el piso, escuchar como rasca las puertas y como recibe, en alguna ocasión, el consabido grito que parece ser el santo y seña de esa santa casa. Por otra parte, contamos con otros vecinos -una pareja de cierta edad y cierto carácter- que habitan un poco más allá de este bloque colindante. Pues resulta que el otro día los pillamos in fraganti intentando, casi literalmente, palo de escoba en mano, echar abajo la estructura de andamios que permitía trabajar a los obreros y, gracias no sé si a la política de seguridad laboral de la Administración, protegerse de caídas accidentales y no tanto. Pues así que los gritos, ciertamente ininteligibles de esta pareja de iaios, nos alertaron sobre una nueva aventura fragmentada en la comunidad. Y ahí que veo al hombre rojo como un tomate, vociferando, mientras su mujer -me imagino la relación- empuñaba el arma susodicha y como un ariete lo embestía contra un pobre currante que, según parecía, tampoco respondía. Claro, el tipo estaba paralizado, suficiente tenía con intentar repeler los golpes, agarrar la escoba y cogerse a los andamios. Pero no respondió: ni física ni verbalmente. Imagino que estaría, literalmente, atónito. Y todo vete tú a saber por qué. Ya me dirás tú de qué defendía esa mujer su casa, de qué clase de maldades estamos hablando, qué había hecho ese pobre hombre. Y no es que haya elegido posicionarme al lado del obrero pero vamos, digo yo, que por mucho que hiciera el hombre tampoco es para jugar con su vida, ¿no?

lunes, 19 de julio de 2010

Memoria insumisa

Hoy me acuerdo, como lo hice ayer. No recuerdo cuándo empecé a hacerlo, pero lo hice, en algún momento de mi vida empecé a hacerlo. Algo, alguien me empujó a ello. El vivir en casa, en mi familia, en mi entorno, el asumir formas de hacer y de pensar que me venían dadas pero que pensaba que eran mías. No, no lo eran, me las dieron y hoy lo agradezco. Y las sigo teniendo, las atesoro, las enriquezco, las sigo compartiendo. Quizá son formas de hacer primarias, puede que sea un pensar también simple, algunas fotos desenfocadas, recuerdos aplastados por el miedo, por identidades construidas en el silencio, por sonrisas hechas de luchas, algunas cotidianas y sordas, otras públicas y callejeras. Son historias de emigración las que escuché. Luego lo he sabido. Son historias de muerte las que rondaban en mi casa. Después lo entendí. También, más tarde, me hice una idea de lo que podía ser el hambre y la miseria, el escuchar que, cuando recibían una naranja como regalo de Navidad, eran las mujeres más felices de la Tierra. O que cuando esas otras empezaron a trabajar ya se encontraron con los fusiles de aquellos que tenían de plomo las calaveras. Pero delante, frente a ellos, los brazos caídos de viejas obreras textiles que cerraban sus puños en silencio porque todavía no los podían levantar. También me contaron historias de viajes por pueblos buscando trabajo, buscando el pan para una familia de ocho hijos. O como las monjitas venían en camiones y se llevaban parte de la cosecha de uva o aceituna a cambio de unas estampitas que todavía rezumaban sangre. Y, más aún, como un miliciano catalán se fue a luchar al frente de Aragón y allí conoció a una mujer que acabaría en otras tierras y ya, mucho más tarde, cuando se sintió vencida, muerta de miedo y de cansancio, harta de tantas vejaciones, mascullaba entre dientes algo que no quiero reproducir aquí. Y se tuvieron que ir a otro lugar; eso también lo supe más tarde. Y de ahí salieron luchadores, soñadores que todavía hoy lo hacen aunque sea sólo para sí mismos. Que me dicen no te metas, ten cuidao, vigila... Pero que sonríen cuando les cuento otras historias, más pequeñas, quizá no tan cotidianas pero que también sienten suyas. Que maldicen las injusticias, que se cagan en políticos de todo pelaje, que siguen votando con el corazón, que, pese a las decepciones, siguen sintiendo rabia y la sangre les hierve por todo el cuerpo. Y esa memoria la he hecho mía, la he incorporado a mi columna vertebral. Aunque no sea mía, aunque sólo sea de todos la he hecho mía.

sábado, 17 de julio de 2010

Perdona, ¿el lavabo?

Una pregunta inocente, ¿verdad? Pues sí, eso es lo que yo creo. Porque, en última instancia, aquello que vas a hacer en un lavabo, lo que normalmente se hace en un wáter, es algo simple, obligado muchas veces, necesario y hasta médica y moralmente prescriptible las más. Que no digo yo que no tenga su utilidad para otros menesteres propios de la clandestinidad y la intimidad del mingitorio. Aunque, en esos otros casos -en esas extraordinarias, raras y fantásticas ocasiones-, dependerá muy mucho de la amplitud, ventilación, higiene y comodidad del mismo. Y diría más, hasta del estado de ánimo, del anonimato del local, del barrio, de la ciudad y del país dependerá. Incluso de la compañía. Pero vaya, estábamos en otra historia. Porque fíjense ustedes en la situación que sigue.
Jueves a eso de las tres y media de la tarde. Acabo de comer y me dirijo otra vez a trabajar un poco. Me decido a tomar un café con hielo, propio de ese caluroso día. Y me quedo con un bonito local, con terraza pero también con una barra estupenda que me permite observar la decoración interior del lugar. Ahí me quedo, en la esquinita, junto a la puerta y la máquina del café. Me pido lo que ya dije. Una brizna de azúcar, no mucho que le quita el sabor; un par de hielos, no más, que se agua. Me lío un cigarro y consumo unos dos tercios. Y ahí, en ese preciso instante, después de buscar con la mirada al tipo que limpia vasos, recoge copas, hace cafés y hasta discute con un cliente que, con dos cuentas en la mano, le dice no sé qué, me lanzo. La cuestión, lo pillo, se cruzan nuestras miradas y ésta es la mía: "perdona, ¿el lavabo?". "Arriba, por allí", me dice señalando una sala que se abre a mis espaldas y que acoge a unos cuantos guiris y modernos, a unos cuantos guiris que también son modernos y a unos modernos que quieren parecer guiris. Claro; ahí, los que me conocéis un pelín -sí, ya sé que ésto es un poco complicado pero vaya, qué le vamos a hacer, eso es harina de otro costal- ya sabéis de qué canción me acuerdo. Y entonando la melodía me dirijo a mi objetivo y os diré que con cierta parsimonia porque en ese momento la necesidad no es apremiante, es simplemente rutinaria. Venga va, me digo, voy ahora y luego ya me pongo directamente a lo mío. Pues en esas estamos. Cruzo la sala, me fijo en los platos que pueblan las mesas y en las expresiones que se dibujan sobre los rostros de los comensales. Una cosa os digo: la comida tiene muy buena pinta; pero no he visto por ningún lado una carta con precios. Pues nada, encuentro las escaleritas y ahí que me dispongo a subirlas. Ya estoy arriba: se abre una pequeña estancia y aquí estalla el problema, la absurdidad de la modernidad. ¡Pues no que a la izquierda se ven dos puertas! Dos puertas y, entre ellas, la pica para lavarse las manos. ¡Claro, los lavabos! Venga, vamos allá y ahí la mente, el cerebro, yo qué sé qué es lo que se activa, pero las ganas de mear apretan. Joer, ¿pero cuál es la puerta? Atención: en una hay dibujada una percha o algo que se le parece a una percha. Y en la otra una especie de silueta que recuerda a una persona sentada en un escritorio. ¿Pero esto qué es? Ahí la cantinela de antes ya se me había ido. Miro al frente y observo una pequeña ventanita que se asoma al local y, más allá, a la terraza y veo a los que antes consumían conmigo, que no me miran pero que seguro que ya han iniciado sus apuestas, "quince a uno porque elegirá la percha". Otros quizá rezan a dioses extravagantes, otros encomiendan mi suerte a su elección, otros deciden asociar mi opción a su valentía. Se dicen, "va, si el tío acierta, si se atreve, si no se mea en la pica, le envío ese mensajito". O, "que sí, que tú puedes, que hoy la dejo, que no puedo más, que esto no es amor, es una obsesión". Y dale con otra canción. Joder, joder, que me meo. Pues nada, si será lo mismo, ¿no? Porque a ver una cosa, yo soy un tipo limpio. Yo me considero de aquellos que pueden entrar, indistintamente, a aquellos lavabos que pintan una mujer o un hombre. Por eso, porque soy limpito, discretito, no hago mucho ruido, utilizo el papel, levanto la tapita que hay sobre la primera, y ésta también, claro. Pero elijo yo, no una percha o un secretario, no me obliga mi aparato excretor. En esas que me lanzo a la percha. Cerrado. Ay, ay, esto pinta mal. Venga, al secretario. ¡¡¡Cerrado!!! Pero, qué pasa, que está todo el local metido en los baños o qué. Qué pasa, que se han mezclado, se han juntado, revuelto y mezclado para entrar en los lavabos. Porque digo yo que no habrán acertado así como así. Igualmente, ya me dirás tú cómo sabes que has acertado. Porque habrá tazas en los dos, ¿no? Bueno, si hay meadero vertical no hay duda. ¿O sí? Porque aquí está la cosa. Y ya está liada, aquí ya la hemos cagado. No, no, que no es que me lo haya echo encima. Pero si ya dije que iba a mear. No, claro, ha pasado mucho tiempo. Pues no, no te creas, todo esto pasó en nada, en apenas un minuto. Pero, eso, a lo que iba. Ahí ya me pongo a darle vueltas a la cabeza, a las normatividades, a los roles, a los compartimentos estancos, a lo que cada cual sabe que tiene que hacer, a lo que debe decir, lo que no tiene que discutir, al lavabo que tiene que elegir. Pero claro, los modernos no ponen cartelitos claros, rotundos, irrefutables. Se divierten, juegan con tipos como yo, los que sonríen cuando no entienden o disimulan o, peor aún, se hacen como que sí. Pues nada, a estas que me giro, pensando ya en cómo iba a contar todo esto, que tengo que encontrar alguna publicación sobre el tema, encontrar un colectivo donde debatir estas cuestiones, una terapia de grupo, yo qué sé. Que si habrá de declarar el rh, la opción sexual, las perversiones políticas y hasta el lugar por donde meas para hacer lo propio. Y, nada, que cuando me giro me encuentro, luminoso, diáfano, hasta bonito, un lavabo, una taza con su papelico y todo, su puerta, su luz. Y no será todo más fácil, entonces. Y a estas que cuando ya me repongo en mi taburete, extasiado por el placer del chorro de orín que pude evacuar, levanto mi vista y veo a uno de esos modernos-guiris, guiris-modernos que ha caído en la misma trampa, que aporrea la percha y el secretario quizá presuroso por otra necesidad más contundente. 300 a 1 a que se caga en Dios, en la heteronormatividad, en el patriarcado, en el capitalismo, en los nacionalismos, en la Barcelona "on tot hi cap però no tot s'hi val".

No te metas en quereles porque se pasan muchas fatigas

Eso mismo pienso yo. Pues eso, porque sí, porque es muy complicado, porque se hace difícil. Te pones raro, hueles diferente, tu cara adquiere otras facciones, proyectas, piensas en viajes, en tu vida, en la de otros, en cómo será esto o aquello. Comparas, ¡ay cuando comparas! Piensas, sientes, ríes, miras y vuelves a pensar. Te cuentas cosas y las compartes, a cada uno una historia diferente. Una especie de extraño mecanismo de autoconvencimiento, diría también de empoderamiento. ¡Ay, escuchas unas palabras también que pa qué! Como queriendo saber cuál de esos relatos es el de verdad, el que más se ajusta a la realidad, el que te define, el que describe ese preciso instante que alumbra los sujetos, los verbos y los predicados. Y los complementos, porque será que no hay complementos, añadidos y condicionantes: los de tiempo, los de lugar, los de modo, los directos y los indirectos; ¿me dejo alguno? Y que no, que a vueltas con la cantinela, el déjate llevar, el venga va, prueba y luego, ya si eso, pues vemos qué, cuándo, cómo, dónde, con quién... Y te analizas, y te piensas, y rememoras situaciones, las más cercanas, las que todavía rezuman de la piel, pero también otras, las que sangran del pecho, las que se adhirieron a golpe de experiencia, de vida y de años. Cada una con un nombre, con un espacio y un tiempo diferentes. Y todas las llevas encima porque quizá no supiste depositarlas, dejar que se asentaran tranquila y mansamente y ya vuelves a tirar nueva arena sobre un mar bravo pero que sigue estancado, que hierve en su quietud, que se remueve y levanta objetos escondidos que pesaban tanto que no se elevaban a la superficie. Pero ya brillan otros cristales, otras piedras, minerales de otros colores y sabores. Y ya todo quiere dar igual y ya todo no quiere importar demasiado y ya todo quiere otra vez, ¿te acuerdas de la anterior?, ¿te importa esa última ocasión?, otra vez, de nuevo, venga va...
Pero luego viene cuando politizas: que si autonomía, que si será libre y abierta, que si hablamos de compañeros, que yo no quiero relaciones de poder, ritmos desiguales, responsabilidades dispares, que si honestidad, que si no hace falta nada de eso. Que sí, que ya se verá. Y, quizá partiendo del privilegio de la libertad o del hastío de la soledad, descubres a otros que tienen relaciones de mierda, normativas, injustas, insulsas, movidas por la inercia y por lo que debe ser, por los roles que ya están marcados de antemano, por la presión social, por la necesidad de autorreconocimiento en otros. Y que, claro, cómo podría ser de otra manera, tú también tuviste. Descubres la complejidad de las relaciones humanas, planteas análisis fáciles, contundentes, obvios, aquello que no te pasará a ti porque, desde la barrera, lo ves tan y tan claro, como no lo viste en su momento cuando estabas con arena hasta los ojos.